martes, agosto 15, 2006

A vueltas con el pino

Desde luego, este verano no pasará a la historia como un excitante capítulo de la vida biografía arbustiana. Quizá en un par de semanas la cosa pinte mejor, sobre todo cuando pueda acompañar a Sue en ese mítico cumpleaños que piensa celebrar a final de mes. Hasta entonces, seguiré por internet lo que pasa en la magna España, bien resguardado en mi madriguera virtual.

Este fin de semana estuve con Copycat de visita a una vieja amiga nuestra. Resulta que la mujer acumula unas peligrosas deudas y parece que no le queda más remedio que vender la casa para sanear la economía. El problema es que su choza ha quedado de lujo después de varios arreglos y, claro, lo que le pide ahora el cuerpo es disfrutar del lugar y no venderlo al primer capullo que venga. En estos tres días me he ocupado de machacar bien el tema y dejarle claro, que si hace falta dinero, entonces no hay lugar para sentimentalismos. Ella está leyendo algo de teorías japonesas sobre la energía positiva de las casas y dice que el problema radica en que la puerta de la entrada y la puerta del patio están situadas una enfrente de la otra, lo que hace que el dinero que entra por un lado salga por el otro. Yo no me creo mucho eso de que una casa tenga buenas o malas vibraciones, pero prefiero no comentarle nada al respecto. Lo que sí le he dicho es que tanto esfuerzo gastado en reformas tiene que traducirse en dinero de una puta vez, después de todos los problemas que ha vivido en los últimos años.

La mujer cometió el grave error de comprar una vivienda que compartía jardín con la del vecino, quien “curiosamente” había sido el constructor de la cosa / casa. Conclusión: que durante cinco años la familia de al lado ha estado dándole órdenes como si ellos fueran todavía los dueños de la vivienda. La putada es que todos los compradores que venían a ver la casa salían huyendo cuando se les decían que tenían que compartir el jardín de atrás con una familia con derecho de pernada permanente. Así que mi amiga ha terminado por comprar (con tarjeta de crédito, es cierto) una valla de madera y ha divido el jardín en dos, algo que no ha gustado del todo a los expansionistas y de por sí poco amistosos vecinos (la señora de la casa cogió un palo e hizo ademán de abrirle la cabeza: una técnica de diálogo no muy sutil). Cuando se dieron cuenta de que el proyecto de la valla iba en serio, decidieron utilizar a sus hijos como víctimas civiles estilo Hezbollá (advertencia: éste es mi blog y hago las comparaciones que me da la gana): hicieron que uno de los hijos saliera llorando al jardín para decir que con la valla no podía ya ver “su pino favorito”, que ahora caía del lado malo de la muralla de madera.

Que se joda el niño. En Berlín estuvieron separados por el muro mucho tiempo y nadie lloró porque no podían ver un pino de esos que sueltan resina pegajosa. Según la doctrina arbustiana, lo que habría que hacer es talar el puto pino y convertirlo en leña para el invierno. Se lo he propuesto a mi amiga pero ella (que es buena persona, no como yo) dice que no se siente capaz de hacerlo. Al menos le he arrancado la promesa de que, si consigue vender la casa, sugiera al futuro inquilino que lo tale de un golpe.

3 Comments:

At 6:17 p. m., Blogger Haters said...

Habría que escuchar la versión de los pino-fans. Es que de otro modo suena a morraco.

 
At 7:33 p. m., Anonymous Anónimo said...

Desde luego, qué gente más rara hay por el mundo.

 
At 11:43 p. m., Blogger arbusto el guerrero said...

Yo soy anti-pino, así que no puedo ser objetivo en este asunto. Es un árbol que nunca me gustó. Además, odio esos pinos aromatizadores que se colgaban (¿se siguen colgando todavía?) dentro de los coches.

 

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